mardi, décembre 13, 2005

El zarevitz Iván, el pájaro de fuego y el lobo gris (1a parte)


En un reino muy lejano, en un país trasmontano vivía un zar llamado Vyslav Andrónovich. Tenía el zar tres hijos, el primero, el zarevitz Dmitri, el segundo, el zarevits Vasili, y el tercero, el zarevitz Iván. Poseía el zar Vyslav Andrónovich un jardín como no habia igual en ningún otro reino, y crecían en él hermosos árboles frutales y no frutales, entre los que había un manzano con frutos de oro, el predilecto del soberano. Le dio por volar al jardín del zar Vyslav un pájaro de fuego con plumas de oro y ojos como diamantes. Acudía el pájaro cada noche, se posaba en el árbol predilecto del zar Vyslav, arrancaba unas manzanas de oro y se marchaba después. Como lo apenara hondamente que el pájaro de fuego le hubiera robado tantas manzanas, el zar Vyslav llamó a sus tres hijos y les dijo: “Queridos hijos míos, ¿quién de vosotros será capaz de atrapar en mi jardín al pájaro de fuego?. Al que lo cace, vivo, le daré en vida la mitad del reino y, después de mi muerte, todo el resto”. Los tres hijos del zar clamaron a una voz: “¡Gracioso soberano y padre nuestro, Augusta Majestad, pondremos todo nuestro celo en atrapar vivo al pájaro de fuego!”

La primera noche salió a montar guardia en el jardín el zarevitz Dmitri y, sentándose al pie del árbol del que el pájaro de fuego arrancaba las manzanas de oro, se durmió y no oyó que el ave llegaba volando y se llevaba multitud de frutos. A la mañana, el zar Vyslav hizo llamar al zarevitz Dmitri y le preguntó: “¿Qué, hijo mío, viste o no al pájaro de fuego?” El zarevitz respondió a su padre: “No, gracioso soberano y padre mío, esta noche no ha venido.” A la noche siguiente fue a montar guardia en el jardín el zarevitz Vasili. Se sentó al pie del árbol, vigiló unas horas y luego se durmió tan profundamente, que no oyó que el pájaro llegaba y robaba manzanas. A la mañana, el zar Vyslav hizo llamar al zarevits Vasili y le preguntó: “¿Qué, querido hijo mío, viste o no al pájaro de fuego?” – “Gracioso soberano y padre, anoche no vino.”

A la tercera noche fue a montar guardia en el jardín el zarevitz Iván. Se sentó bajo el manzano, se mantuvo vigilante tres horas seguidas, y de pronto, todo el jardín se iluminpo como si en él hubieran encendido multitud de luces. Llegó volando el pájaro de fuego y se puso a arrancar manzanas. El zarevitz Iván se acercó con el mayor sigilo y asió al ave por la colar, pero no pudo retenerla: el pájaro de fuego se escapó, y en la mano del zarevitz Iván quedó tan sólo una pluma de su cola. Ala mañana, apenas se hubo despertado, el zar Vslav hizo llamar a su hijo, que le entregó al punto la pluma. El zar Vyslav se alegró muchísimo de que su hijo menor hubiera logrado arrancar una pluma al pájaro de fuego. Era tan maravillosa e irradiaba tanta luz, que si se la llevaba a una habitación obscura, parecía como si hubieran encendido en ella multitud de velas. El zar Vyslav dejó la pluma en su despacho, para guardarla bien. A partir de aquél día, el pájaro de fuego no volvió a volar al jardín.

El zar Vyslav hizo llamar otra vez a sus hijos y les dirigió estas palabras: “Queridos hijos míos, poneos en camino, acompañados de mi bendición, buscad al pájaro de fuego y traédmelo vivo. Lo que prometí lo recibirá, claro está el que me entregue el pájaro de fuego.” El zarevitz Dmitri y el zarevitz Vasili le habían tomado ojeriza a su hermano menor, el zarevitz Iván, porque había conseguido arrancar una pluma de la cola al pájaro de fuego. Ambos pidieron su bendición al padre y se pusieron en camino. El zarevitz Iván pidió también al padre que lo bendijera para salir en busca del ave. El zar Vyslav le dijo: “Querido hijoi mío mi corazón, eres todavía demasiado joven para acometer tal empresa, para emprender un viaje largo y tan pesado. ¿Qué necesidad tienes de separarte de mi?. Basta con que hayan ido tus hermanos. ¿Y si te marchas tu también y no regresáis ninguno de los tres? Soy ya viejo, y Dios nuesro señor puede llamarme cualquier día. ¿Quién gobernará el reino, si muero en ausencia nuestra? Puede producirse entonces un motín o cundir el malestar entre nuestro pueblo, y no habrá quien ponga orden. ¿Y si nos atacan los enemigos y no hay quien acaudille mis tropas?” Insistió tanto el zarevitz Iván, que el zar Vyslav no pudo negarle su consentimiento. Dio el padre su bendición al hijo, y éste eligió un buen caballo y se puso en camino, sin saber él mismo a dónde iba.

Pasado cierto tiempo, no se sabe si mucho o poco, ni si cabalgaba por tierras bajas o altas – los cuentos se cuentan pronto, pero las cosas se hacen despacio-, llegó por fin el zarevitz Iván a un verde pradal. Se alzaba allí un poste en el que podían leerse las siguientes palabras : “Quien cabalgue todo derecho, pasará hambre y frío; quien cabalgue hacia la derecha, quedará sano y salvo, pero su caballo morirá; quien cabalgue hacia la izquierda, encontrará la muerte, pero su caballo quedará vio.” El zarevitz Iván leyó aquello y torció a la derecha, diciéndose que si, su caballo moría, él quedaría vivo y con el tiempo conseguiría otro corcel. Al tercer día de galopar, le salió al encuentro un lobo gris muy grande y le dijo: “A dónde vas, zarevitz Iván?¿A dónde vas, mozo garrido? ¿Por qué has venido aquí? ¿No leíste en el poste que tu caballo habría de morir?” Dichas estas palabras, el lobo desgarró por la mitad el caballo del zarevitz Iván y se alejó de allí.

Al zarevitz Iván le daba mucha pena del caballo y siguió su camino a pie, llorando amargamente. Estuvo caminando todo el día, se canso indeciblemente y, cuando se disponía ya a sentarse para tomar un respiro, el lobo gris le dio alcance de pronto y le dijo “Me acongoja, zarevitz Iván, verte tan cansado por la caminata. Siento también haber matado a tu caballo. Mira, monta encima de mi y dime a dónde quieres ir y para qúe”. Explicó el zarevitz Iván al lobo a dónde quería ir. El lobo gris echó a correr con mayor velocidad que cualquier caballo y, pasado cierto tiempo –era ya de noche – , se detuvo ante una tapia no muy alta y dijo: “Ea zarevitz Iván, echa pie a tierra y salta esa tapia! Tras ella hay un jardín, y en ese jardín vive metido en una jaula de oro, el pájaro de fuego. Llévate al pájaro, pero no se te ocurra tocar la jaula. Si la tomas, te atraparán y no podrás escapar.” Saltó el zarevitz Iván la tapia y vió al pájaro de fuego en la jaula de oro, que le gustó mucho. Sacó el pájaro de la jaula y volvió sobre sus pasos, pero luego pensó y se dijo: “¿Por qué me llevo al pájaro y dejo la jaula? ¿En donde lo voy a meter?” Regresó y, apenas había descolgado lajaula de oro, sonaron en todo el jardín ruidos atronadores, pues estaba sujeta con sonoras cuerdas. La guardia se despertó al punto, acudió corriendo al jardín y apresó al zarevitz Iván, sorprendido con el pájaro de fuego en las manos, y lo llevó a presencia de su zar, que se llamaba Dolmat. El zar Dolmat se sintió muy enojado y gritó al zarevitz Iván a grandes e irritadas voces: “¿Cómo no te da vergüenza robar, siendo tan joven? ¿Quién eres? ¿De qué tierras vienes? ¿Quién es tu progenitor? ¿Cómo te llamas?”. El zarevitz Iván le respondió “Vengo del reino del zar Vyslav Andrónovich, que es mi padre, y me llamo Iván. Tu pájaro de fuego se habituó a venir a nuestro jardín todas las noches, arrancaba frutos de oro del manzano predilecto de mi padre y estropeó el árbol casi por completo. Mi progenitor me envió a buscar el ave para que se la lleve.” –“Ay criatura, ay, zarevitz Iván! –dijo el zar Dolmat-. ¿A caso está bien lo que has hecho? Si hubieras venido a mi, te habría dado el pájaro de fuego sin más. ¿Qué dirán ahora cuando haga saber en todos los reinos cuán deshonestamente te h as comportado en mi país?. Pero oye, zarevitz Iván. Si me prestas un servicio, si vas a un país lejano, a un reino trasmontano, y le sacas al zar Afrón su caballo de crines de oro, te perdonaré tu culpa y te daré el pájaro de fuego, con todos los honores. Si no me prestas ese servicio, haré saber en todos los reinos que eres un desvergonzado ladrón.” El zarevitz Iván se separó con pesadumbre del zar Dolmat, no sin haberle prometido antes que conseguiría el corcel de las crines de oro. Fue el Zarevitz a donde lo estaba esperando el lobo gris y le contó cuanto le había dicho el zar Dolmat. “¡Ay, mozo garrido, ay Iván zarevitz! –exclamó el lobo gris-. ¿Por qué no me obedeciste y quisiste llevarte la jaula de oro?” – “Perdóname”, pidió el zarevitz Iván al lobo. “¡Bién, sea!” – dijo el lobo gris-. Monta encima de mí y te llevaré a donde necesitas ir.” Montó el zarevitz Iván a lomos del lobo gris, que echó a correr más rápido como una flecha, y pasado cierto tiempo, no se sabe si mucho o poco, llegaron por fin una noche al reino del zar Afrón. El lobo llevó al zarevitz Iván a las cuadras de mármol blanco del zar y le dijo: “Entra, zarevitz Iván, en estas blancas cuadras, aprovechando que los caballerizos de guardia están dormidos, y llévate el caballo de las crines de oro. Pero ten cuidado, no se te ocurra coger el bocado de oro que cuelga de la pared, si no quieres que te ocurra una desgracia.”



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